jueves, 28 de abril de 2011

El sueño apagado.

Desperté, tan solo desperté. Un turbio sueño se arremolinaba en mi cabeza; ocupando todos mis pensamientos, todos los recuerdos. Un sueño apagado y oscuro, más bien una pesadilla. Me llevé las manos a la cabeza, rozando las sienes, abriendo lentamente los ojos, transpuesta por la pesadilla.
El extenso páramo se extendía bajo mis pies, alargándose más y más hacia el horizonte. Las elevadas montañas del norte se alzaban imponentes como una gran muralla. Hacia el sur se encontraba una plana llanura. Hacia el oeste no había nada solo algunas solitarias montañas, lo mismo pasaba en el este. Una tenue luz iluminaba el cielo que cubría las montañas del este. El cielo se oscurecía a medida que se miraba hacia el oeste. Me mire a mi mismo, llevaba mi típica ropa de chándal, unas zapatillas deportivas.
No recordaba nada de lo que me había pasado anteriormente ni como había llegado a ese lugar. No recordaba mi pasado ni mi nombre. Algunas imágenes borrosas se formaban en mi cabeza, todo era tan confuso. Ya habían pasado varias horas desde que llegué a aquel lugar. El sol había aparecido por el horizonte, pero no era un solo sol si no dos los que alumbraban aquel páramo. Gracias a aquella iluminación procedente del los dos soles pude ver que la vegetación era escasa, igual que la fauna.
Vagué por aquel terreno durante horas y horas sin señales de vida de ninguna forma. Llego la noche y ví claramente la luna, tan solo era una. De las altas temperaturas del día pase a las frías y bajas temperaturas de la noche. Había una diferencia de temperatura tremenda. Se veían todas las estrellas. Había diferentes constelaciones, algunas más grandes, otras más pequeñas. Estaba muy cansado de tanto andar por el páramo, a si que me tumbé en una roca plana que ví cerca de mi. Miré por última vez a las brillantes estrellas, cerré los ojos y quedé sumido en un profundo sueño.
Desperté de nuevo, me incorporé y miré a mí alrededor. Era de día, los dos soles juntos brillaban en lo alto del cielo alumbrando el páramo. La extensa llanura ya no era desértica sino al contrario. Un brumoso bosque de elevados árboles había crecido durante la noche en la llanura. Me adentré en él. A medida que avanzaba la vegetación era mas espesa. Encontré unas cuantas bayas y me las comí, sabían a fresa. Al cabo de varias horas una frondosa niebla se empezó a formar en el bosque. En varios minutos no se veía nada. Me guié por el oído y pude escuchar el aullido de un lobo cada vez más cerca. Enseguida ví enfrente a mí a algo parecido a un lobo. Se lanzó hacia mí, yo era su presa, con las garras por delante. Y de un zarpazo me arrancó toda mi vitalidad. Cada gota de mi espíritu se deshacía en mi cuerpo, así como mi vida. Cerré los ojos y no los volví a abrir, nunca. Desperté.

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