domingo, 9 de octubre de 2011

Unicamente eso.


Estoy cansada, molesta con la vida, realmente quisiera desaparecer ahora, diría que más que nunca pero probablemente lo vuelva a repetir; a fin de cuentas siempre acabo diciendo lo mismo, ¿no? He escrito tanto que ya ni siquiera sé qué palabras usar... He gastado tanto diccionario que no me siento con la libertad de seguir plasmado lo que voy sintiendo en las líneas, líneas que son mi única salvación, líneas que me cobijan y que me liberan; líneas, letras, tinta, únicas que pueden salvarme. Únicas que pueden retenerme, que pueden guardarme entre sus brazos. Quisiera escaparme lejos, otro planeta, otra dimensión, lo que sea, escaparme, esconderme, meterme dentro del closet y no salir nunca; ponerme bajo la cama y no volver a ver la luz. Pero es tan complicado esconderme cuando hay gente que se da cuenta de lo que siento, y preguntan. ¿Acaso no tengo la posibilidad de estar cansada? ¿Acaso no puedo desear yo, dejar de existir? ¿Por qué no pueden olvidarse de mí de una vez por todas? Por qué no pueden simplemente dejame en paz, aburrirse de seguirme, cansarse de mirarme...
Quiero correr, quedarme en un lugar tan oscuro como el espacio. Allí sentarme y abrazar mis piernas con mis brazos, cerrar los ojos y recargar mi cabeza en mis rodillas; llorar, llorar hasta que no salgan lágrimas, hasta que todo ese líquido se haya acabado hasta tal punto, en el cual tenga que comenzar a llorar sangre; y en una de esas, tener la suerte de que la sangre se acabe, la suerte de que puedan deshacerse de mí. Yo no sé qué hago aquí, si soy tan diferente, tan inexistente; nadie me ve, nadie se percata de que estoy aquí, a nadie le importa realmente porque lo único que hago es daño,, daño y más daño. No aporto nada a la vida de los demás, simplemente problemas interminables. Quiero fundirme en la tierra, quiero arrancarme el alma en cada respiración, en cada suspiro. Quiero convertirme en la lluvia y en el viento; en la tormenta y el mar agitado que se eleva por el nivel de la humanidad. Majestuosa... vida. Tan majestuosa e inalcanzable, que ni siquiera me siento capaz de tomarte en mis manos. No puedo, vida, tantas veces que te he fallado, tantas veces que te he defraudado, ¿por qué sigues dándome oportunidades? ¿Por qué sigues dándome tu ayuda, si lo único que quiero es marcharme? No puedo aguantar la angustia, me lleno de desesperación y no tengo ganas de hacer algo. Quiero correr. Quiero fundirme con la tierra y arrancarme el alma en cada respiración, en cada suspiro. Quiero convertirme en la hoja, en el calor que se apaga, en el frío que se oculta, quiero ser invisible, convertirme... convertirme en nada. Quiero acabar con todo, dejar de traicionar a quienes quiero, dejar de defraudarlos, dejar de hacer las cosas mal... tan mal...
Necesito ahogarme. Cortarme los brazos hasta aterrarme y chillar llena de terror. Necesito ahorcarme y jalar de mi cuello hasta no tener fuerzas. Necesito acuchillarme y atravesar balas por mi pecho; veamos si sirve de algo. Estoy tiritando, tengo frío, pero más que frío tengo congelado el espíritu. Quiero lanzarme al vacío y quedarme ahí, sin que nadie tenga ni la menor idea sobre mi paradero. Quiero entender las cosas, pero cada vez que averiguo algo, más me cuesta. Quiero recostarme, pensar en mi, quiero... simplemente quiero dejar todo esto, necesito irme. Necesito desaparecer por mucho tiempo, estar sola. Congelar mi piel y llenarme del aroma a gloria. Quitarme el sufrimiento, sentirme aliviada... Quiero correr los riesgos, pero cuando me lanzo a la vida, la vida me rechaza. ¿Entonces? No entiendo. Ya no quiero arriesgarme más porque cada vez que lo hago, más punzante se hace el dolor. Más sangre corre. Quiero guardar silencio, pero a la vez quiero gritar las cosas que estoy sintiendo desde hace mucho tiempo. Mañana, no sé qué será de mañana. Me complicaré la vida probablemente y me dejaré abierta a la muerte en cualquier rincón de mi mundo. Aunque mi mundo no es muy grande, o al menos no lo sé, porque no hay luz. Podría estar caminando kilómetros y kilómetros pensando que he estado dando vueltas en la misma habitación durante siglos; el tamaño de mi mundo depende de la persona a quien quiera. Hoy, el tamaño de mi mundo... es una caja. Pequeña, apenas entro en ella, pero me guarda, me protege del todo, me esconde. Es fuerte, tiene vida propia y parece incluso susurrarme cosas al oído mientras gritan mis cuerdas vocales sin emitir sonido. Me siento insignificante, ¿saben? Quisiera, quisiera ir a un bosque, y sentarme en la hierba fría y húmeda, apoyar mi espalda en las raíces de un árbol tan sólo como yo, hacerle un poco de compañía en silencio, una compañía que no interrumpe pero que llena por completo; basta la presencia. Aquel árbol me amarraría con sus ramas, me estrujaría y me haría saber que aún estoy viva. Le preguntaría, entonces, ¿por qué? y él me diría, que aún tengo demasiadas cosas que hacer. Seguramente me quedaría durante unos segundos pensando en ello, en las cosas que debo hacer. Luego de un instante, me inundaría en la rabia y me retiraría; me sentaría al lado de un árbol seco, sin hojas, raíces raídas por el tiempo, presencia triste y afectante, débil; y aquel árbol tan desgastado, tan inservible, tan invisible; le vería, me serviría, sería mi uso. Ese árbol, no me cuidaría, pero siempre estaría. No me daría consejos, pero sufriría conmigo si llegaba a depender de ello. Ese árbol, sería más realista que el primero, no obstante, segura estoy de que cuando me levantara, no habría aprendido nada, él tampoco. Pero ¿qué importaba? Nada. Si por un poco de tiempo, habíamos obtenido lo que buscábamos; esa compañía irrompible, pero demasiado distante para ser compañía.

Asco de vida.

No me jodas, para ya esta mierda, no quiero saber más, todo está mal, nada encaja, todo es absolutamente extraño.
Será que existe eso del karma? ¿por qué cuando mejor piensas que te lo vas a pasar, todo cambia, y es lo peor que puede pasar?
Es increible como cambian las cosas de un momento a otro, quizas este caos solo esta en mi mente, pero aparentemente anda todo el mundo  metiendose en cosas en las que no les convienen. 
                                                Y me da igual. 
Pasara lo que tenga que pasar, las cosas no cambian de rumbo por que quieras que cambien
 cambian para ver hasta que punto podemos aguantar y sobrevivir a esa situacion, ultimamente me doy cuenta de qué es realmente la vida, son problemas, disgustos, y algun que otro altercado. 
No nos hemos percatado de que ya no hay vuelta atrás.
Tampoco es necesario, lo necesario ahora es intentar calmar las cosas, suavizarlas.Y echar las cosas malas a un lado.
Más nos vale aprovechar las buenas oportunidades aunque después vengan problemas, ya se nos iran las penas.
Necesitamos estar en el presente, no el futuro por que después, pasa lo que pasa y nada sale como quisieras que hubiese salido.


lunes, 26 de septiembre de 2011

Si esque te quiero.Demasiado.

Como te digo que te amo tanto? ¿Cómo explicarte que la unica persona en la que pienso eres tú?
E intentado decirte tantas cosas... pero mi estupida timidez gana, pase lo que pase voy a decirte que te amo y que eres la persona con la que he soñado siempre.
Eres lo mejor que me ha pasado en este mundo y espero que nunca dejes de quererme.
Eres el que le da luz a mi vida, sin ti, solo soy una persona, y otra vez volvere a repetir eso de que te quiero tanto, que eres la persona de mi vida y no te dejaria por nada del mmundo, por que tú fuistes el que hizo cambiar mi rumbo. Quiero que sepas que no me voy a separar de tí jamás, por que eres la persona que mas se ha ganado mi confianza.
Yo, te quiero. Supongo que debe ser reciproco, son sinceras mis palabras.
Siempre nos han dicho que no repitamos las palabras, que esta feo, pero en este caso es lo que quiero que sepas, y que no me cansare de decir.
Me duermo pensando en tí,  en mis sueños sales tú, no voy a separarte jamás de mi mente por que te adoro.

Podia seguir escribiendo mas cosas, pero serian demasiado pastelosas =.=

jueves, 1 de septiembre de 2011

#Capitulo2. Libro raro :)

Eran justo las seis de la tarde. Elizabeth esperaba impaciente a los chicos del club. El aliento que salía de su boca producía pequeñas nubes de vaho que se dispersaban alrededor de ella, hacía un frío que congelaba los huesos. De repente, unas risas inundaron sus oídos, miró a un lado. Eran los del club, como prometieron, vinieron a buscarla.
-Tío te digo que esa no viene fijo, primero porque no la dejarían sus padres y segun…
El chico no pudo terminar la frase, pues consiguió reconocer a Elizabeth.
-Anda Mick, no juzgues a alguien por lo que aparente ser.
Allí estaba, el chico de los ojos grises.
-Hola, me alegro de que no faltarás a nuestra cita. Tenía mis dudas sobre si ibas a venir.
-La verdad es que yo también-contestó Elizabeth- Bueno… ¿y dónde es la reunión?
-Espera, ahora vamos todos juntos.-contestó el chico, sonriente.
Elizabeth echó a andar pero él la paró en seco.
-Oye, parece mentira. Pero no se tu nombre…ni tú el mío.
-Oh, vaya…mi nombre es Elizabeth.
-Encantado Elizabeth, puedes llamarme Yami.
-¿Yami? ¿Qué tipo de nombre es ese?-preguntó Elizabeth extrañada.
-Es un nombre de origen japonés, significa “oscuridad”.-contestó, poniendo una voz grabe como para asustarla.
La joven se echó a reír.
-Por tu cara no me inspiras mucha oscuridad, pero bueno…
Él esbozó una sonrisa y después cayó en la cuenta de que no estaban solos.
-¡Perdón! Se me olvidó presentarte a Mick.
-No he dicho nada porque no quería estropear con mi presencia un ritual de apareamiento tan romántico.- contestó Mick molesto.
Mick no era un chico que llamara mucho la atención. Era bajito y sus gafas le daban un aspecto intelectual.
-¿Ritual de apareamiento? ¿Pero qué dices loco?
-¡Bah! déjalo. Encantado Elizabeth, yo soy Mick, el oscuroooo…-dijo imitando la voz que puso anteriormente Yami al explicar el significado de su nombre.
Él le pegó un codazo, a lo que éste se llevó la mano rápidamente al brazo, dolorido.
-Ya te vale tío, no tienes gracia –contestó Yami riéndose.
-Perdóneme señor Ángel Martín…
Elizabeth se rió por lo bajo, aquella escena le estaba resultando muy cómica.
-¿Hay que esperar a alguien más o nos podemos ir?-preguntó tímidamente la joven.
-Em…pues la verdad es que no. Nos podemos ir.-contestó Yami.
Mick y él se adelantaron, Elizabeth echó a andar detrás de ellos con la cabeza agachada, le daba vergüenza ir con dos extraños.
-¡Eh, Elizabeth! Pero ponte aquí a nuestro lado, no te margines como si fueras un emo depresivo.-dijo Yami mientras sonreía.
Por primera vez Elizabeth se fijó del todo en aquel chico. Una cascada de cabello rubio caía por sus hombros, sus ojos grises se rasgaban cuando sonreía, mostrando una chispa de alegría en ellos…era realmente imposible no acabar contagiado por ella.
La joven se puso a su lado tímidamente y no habló en todo el trayecto.
-Mira, ya hemos llegado.-dijo Mick.
Llegaron a las puertas de un garaje, del cual salía un ruido tremendo.
-Puff, a ver si nos escuchan. ¿Joder la que están liando no?-dijo Yami sorprendido.
Llamó a la puerta energéticamente, con fuerza, para poder ser escuchado.
Al poco rato, la puerta empezó a abrirse lentamente y apareció una chica justo delante de ellos.
-¡Hola Ariasu! –saludó Mick efusivamente.
Ariasu se trataba de una chica bastante llamativa. No solo era por su aspecto, pues vestía una falda de cuadros escoceses roja, una camiseta negra de tirantas con calaveritas y justo encima de su pelo largo y ondulado castaño se podían ver una diadema negra con dos orejitas de gato. Llevaba lentillas a juego con las orejas de su diadema.
-¡KONICHIWA!- exclamó gritando mientras agitaba su mano nerviosamente en forma de saludo.
-Mira Ariasu, ella es Elizabeth- dijo Yami mientras le daba un pequeño empujoncito a la joven, pues estaba muy avergonzada.
-Ho…hola.- consiguió decir tímidamente.
-¡OOOH! ¡FUCK! – gritó Ariasu emocionada.- ¡HELENA, VEN CORRE!
Unas pisadas rápidas y fuertes sonaron de pronto. En segundos apareció otra chica de la misma edad de Ariasu seguramente.
Su ropa no era tan llamativa, pues solo se componía en prendas negras, menos su camiseta; en la que ponía: I love yaoi. En cuanto al físico, no era muy alta. Su pelo, lleno de bucles pelirrojos le caían por la espalda. Su piel, pálida como la de un muerto, mostraba unos grandes ojos castaños.
-¿QUÉ PASA? –gritó histérica.
-¡Mira Helena! ¡Se parece a Dana la de las Crónicas de la Torre! –exclamó Ariasu nerviosa.
Helena se acercó a Elizabeth, examinando cada rasgo de su cara. Al final se puso a gritar de nuevo.
-¡OSTIAS ES VERDAD! ¡Es Dana la Señora de la Torre! ¡Qué ojazos tienes maldita!
Elizabeth se apartó un mechón de pelo negro de la cara, ruborizada. No sabía quién era esa tal Dana y por qué le sacaban ese parecido con ella.
-¡Helena! ¡Ahora nos falta Kai! –contestó Ariasu.
Helena se volvió rápidamente hacia Yami.
-¿Cómo que nos falta? Si tenemos aquí a un perfecto Kai la mar de violable.- dijo con un brillo especial en los ojos.- ¡Ponte lentillas verdes Yami!
-¡Ni lo sueñes locaza! A mí me dejas de frikadas sobre personajes de libros.
-Jo…que soso eres hijo, con lo mono que estarías.- respondió Ariasu enfurruñada.
- Él ya es acosable de todas formas.-dijo Helena mientras lo observaba de arriba abajo.
-¿Podemos entrar para empezar con la reunión por favor? – preguntó Yami molesto.
-Vale, bueno…no te me pongas farruco. –dijo Ariasu.
Entraron en el garaje, en el cual solo había un gran coche todoterreno y un par de bicicletas tiradas a ambos lados. Tuvieron que hacer malabarismos para llegar a una puerta que se encontraba casi escondida. Ariasu aporreó la puerta como haciendo un ritmo como si de un tambor se tratase. El bullicio del interior desapereció y dio paso a pequeños murmullos. Alguien abrió la puerta lentamente, pero no lo suficiente como para pasar al interior.
-Contraseña…-dijo una voz seria justo detrás.
-¡Tu madre!-gritó Mick.
-Jo…como eres hijo.-contestó la voz.
La puerta se abrió del todo. Un chico de pelo castaño y ojos negros les dio la bienvenida.
-¡Hello, friends!-saludó entusiasmado.
-¡Erik! ¡Mi niño uke monoso! –gritaron Ariasu y Helena al unísono.
-¿Y ella quién es?- dijo Erik asombrado al ver a Elizabeth.
-Es la Señora de la Torre que ha venido a cargarse al Vaticano de un hechizo.-respondió Ariasu partiéndose de la risa.
-¿What? –contestó Erik aún más confuso.
-Déjalas, son muy frikis.-dijo Yami mientras reía- Ella es Elizabeth, quiso unirse a nuestro club. Lo que pasa es que es muy tímida todavía.
Yami volvió a dedicarle una de sus bonitas sonrisas a la joven, no sabía donde meterse.
-OH, pobre. A mí me pasó lo mismo el primer día. Elizabeth, yo soy Erik.
Erik se acercó para darle dos besos, a pesar de que ella se echará para atrás.
-No te preocupes, verás como encuentras aquí tu sitio. Yo lo hice. –respondió Erik sonriente.
-Sí, entre nosotras dos. Si es que un uke tan mono no puede ir por ahí solo sin que yo le echara la zarpa encima.-dijo Helena lanzándose para abrazarlo.
-Bueno, ya vale, vamos a presentarle a los demás y comenzaremos con la reunión.-dijo de pronto Mick, pues llevaba callado minutos.
Se sentaron en uno de los sofás de la habitación, no era muy grande, pero si acogedora. Sobre todo si estaba llena de gente tan amigable.
-Elizabeth, éste es Alexis.- dijo Yami a su lado.
-¡Ey! ¿Qué pasa? –dijo Alexis mientras alzaba su mano para chocarla con la de ella. Alexis era más mayor que el resto. No solo por su tamaño, pues parecía un armario empotrado. Su pelo largo de color negro y su perilla le daba un aspecto de hombre de 20 años. Transmitía un poco de agresividad, pues los dos brazos los llevaba cubiertos por unas grandes pulseras de pinchos de cuero negro. En su camiseta aparecía el logo del grupo Motörhead y sus pantalones, a pesar del frío que hacía fuera, los llevaba rotos.
-Buenas tardes, encantada. –consiguió decir Elizabeth.
-¿Elizabeth? ¿Cómo Elizabeth Báthory? –dijo alguien detrás de Alexis.
Tendría la misma edad que él, solo que éste no era tan grande. Su gran cresta roja lo hacía más delgado y joven.
-¿Elizabeth Báthory? ¿Tú te has leído eso?-dijo Alexis extrañado.
-No solo leo libros sobre anarquía listo, que eres un listo.
-Él es Cris, Elizabeth.-susurró Yami.
-¿Quién es esa Elizabeth Báthory, Cris?-preguntó Erik de pronto.
-Es la mayor asesina en serie de todos los tiempos, por lo visto se cargó a 650 muchachas, todas vírgenes.
-Vaya… ¿y eso por qué lo hizo?- volvió a preguntar de nuevo.
-¡Por que tenía la regla y estaba cabreada! –gritó Ariasu de repente, a lo que Helena empezó a reirse a carcajadas.
-Pues no, lista.-respondió Cris-Dicen que después se bañaba en la sangre de las vírgenes para conservar su juventud.
-Una historia muy interesante Cris, pero ahora vamos a escuchar a la Elizabeth no asesina. Vamos, cuéntanos algo de ti. –dijo Yami tan sonriente como siempre.
-Bueno…no sé qué decir la verdad. Mi vida no es muy interesante. En fin, soy hija única. No tengo amigos, es más, suelo ser víctima de los abusones. Mi familia es súper creyente, pero no comparto sus creencias aunque estoy obligada a hacerlo.-explicó la joven tímidamente.
-¿Y qué es lo que te trae por aquí? –preguntó Mick.
-Supongo, que encontrar un lugar donde me acepten tal y como soy. Un lugar donde pueda expresarme sin ningún tipo de represalias.
-Te comprendo, yo andaba buscando lo mismo.-comentó Erik.
-Pues aquí no tendrás ningún problema.-dijo Ariasu.
-Bueno, ¿podemos comenzar ya con la reunión? ¿Cuál es la razón por la que nos has llamado Yami? – preguntó de pronto Alexis.
Yami se levantó, cogió su mochila y tras rebuscar sacó un periódico. Lo extendió para que todos pudieran leer el titular.
-Mirad chicos, el papa ocultó 200 casos de pederastia a niños sordos.-dijo Yami serio.
Todos se quedaron boquiabiertos.
-Realizados, todos y cada uno de ellos, por un sacerdote estadounidense.
A Elizabeth se le puso los pelos de punta, recordó su caso. Aquel suceso que no la dejaba dormir por las noches desde hace tanto tiempo.
-¿¡Y después el maricón soy yo no!?-gritó Erik enfurecido.
-Erik, no te alteres por favor.- dijo Helena mientras lo abrazaba.
-Puff, son unos mentirosos compulsivos… ¿qué querías que hicieran? Es lo único que saben hacer.-opinó Cris.
-¿Pero por qué hacer eso? Si los sacerdotes estadounidenses pueden casarse y mantener relaciones.-dijo Ariasu extrañada.
-Vete tú a saber por qué- contestó Alexis.
-¿Sabéis que es lo que más me alucina tíos?-dijo Yami, tomando de nuevo la palabra-Que ahora el papa celebra una misa pidiendo perdón y ¡ala! Con la conciencia tranquila.
-Esos se creen que por rezarle tres oraciones a un ser imaginario ya consiguen ser perdonados por todos.-respondió Mick mientras limpiaba sus gafas tranquilamente.
-No tío, no sé si estoy loco o qué pasa. ¿Cómo puede seguir las personas apoyando a esta gente?-dijo Yami, todavía sin poder creérselo.
-Tal vez porque son tan indecisos que necesitan que alguien tome la iniciativa por ellos.-dijo de pronto Elizabeth.
Todos se quedaron callados ante el comentario de ella, mirándola fijamente.
-¡Eso, lo has clavado colega!-dijo Cris.
-Elizabeth, ya me caes bien.-contestó Erik.
-Si es que…mini Dana promete.-soltó Ariasu.
Todos se echaron a reír, y decidieron continuar con su reunión.
Al terminar, Elizabeth vio lo tarde que era se puso nerviosa:
-¡Oh, no! Es demasiado tarde, el autobús no pasará hasta dentro de un buen rato. Voy a llegar tarde a casa y me va a caer una…-decía mientras daba vueltas como si fuera un tigre enjaulado.
-Elizabeth, no te preocupes.-dijo Yami con suavidad-Alexis se va en coche a su casa, puede llevarte él a la tuya. Seguro que no le importa.
-En absoluto.-intervino Alexis sacando las llaves de su coche.
-Pero…es que…no me parece bien…-murmuró la joven con timidez.
Yami se agachó para poder mirarla a los ojos, pues la cabeza de ella estaba completamente agachada con la mirada fija en el suelo.
-No te preocupes, te acompaño.-murmuró esbozando una sonrisa amable.
Elizabeth consiguió tranquilizarse un poco, a lo que añadió un “está bien” sin mucho esfuerzo. Antes de subirse al coche, se despidió de los demás.
-Buenas noches a todos.
-Encantados de conocerte, ¿mañana vienes de nuevo?-preguntó Erik esperando un “sí” de respuesta.
-No lo sé, veré que puedo hacer con mis padres.-contestó Elizabeth.
-Jo, yo quiero ver de nuevo a mini Dana. –dijo Helena con un brillo alegre en los ojos.
Terminaron de despedirse, y Alexis arrancó el coche dispuesto a escuchar las indicaciones de ella para poder llevarla a su casa.
En todo el recorrido, Elizabeth no habló, estaba demasiado ocupada, pues se encontraba en el lugar más recóndito de su mente. Solo reaccionó cuando Alexis paró el coche, ya había llegado a su casa.
-Muchas gracias, espero veros pronto. Me lo he pasado muy bien hoy. –añadió mientras salía del coche.
-Yo también espero verte pronto.-dijo Yami.
Elizabeth se ruborizó, y salió corriendo hacia la puerta de su casa. Antes de llamar, vio como Alexis, dentro del coche, le daba un pequeño codazo a Yami mientras se reía, a lo que éste le siguió el juego.
Elizabeth se dio la vuelta, y justo cuando le faltaban escasos milímetros para tocar el timbre, su madre abrió la puerta de par en par.
Hola Eli, ¿Quiénes son esos que te han traído en coche?-preguntó su madre con preocupación mientras asomaba la cabeza para poder ver el coche a lo lejos.
Elizabeth pensó, al final añadió:
-Son unos amigos-dijo con una sonrisa en los labios.

domingo, 28 de agosto de 2011

#Capítulo1. historia rara :)

Elizabeth se apresuró a la habitación donde se encontraba el padre Gil, y tras dar unos suaves e imperceptibles golpes en la puerta, el sacerdote abrió al instante.
-Pasa hija, que bien que viniste…
Elizabeth estaba allí por orden de sus padres. Saliendo de sus clases de catequesis, el padre Gil le pidió que le ayudara a hacer unas “cosillas” y ella accedió sin rechistar…debía de ser una niña buena porque si no Dios no estaría contento.
-¿Con qué quiere que le ayude padre? Debo de darme prisa, mis padres me están esperando y…
-Shssss….-contestó el cura mientras posaba un dedo sobre sus labios.-Tranquila niña…es solo una tontería.
Se acercó a la chiquilla mientras se frotaba las manos, nervioso y excitado. Elizabeth no pudo evitarlo, un escalofrío recorrió su espalda. El padre Gil comenzó a acariciar el cabello largo y oscuro de la niña, mientras esbozaba una sonrisa perversa.
-¿Sabes que eres muy guapa? Seguro que cuando seas mayor tendrás muchos pretendientes…lástima que yo no pueda ser uno de ellos.
Hizo una pausa al comprobar que Elizabeth estaba temblando y un sudor frío le recorría su fina y pálida piel. Después, continuó hablándole.
-Bueno…o tal vez sí…
El padre Gil la agarró con fuerza dejándole marcas enrojecidas en ambos brazos. La niña chilló asustada y comenzó a patalear intentando zafarse de aquel ser terrorífico.
-¡ESTATE QUIETA! ¡ESTA ES LA VOLUNTAD DE DIOS! ¡SI NO ME PONES LAS COSAS FÁCILES ÉL TE CASTIGARÁ! Sé una niña buena si no irás derecha al infierno-gritó el padre Gil encolerizado mientras zarandeaba a la aterrorizada niña.
A continuación, un gran manto oscuro preñado de gemidos y sollozos inundó la habitación…
Con un grito ahogado, Elizabeth despertó asustada. Estaba sudorosa y sentía que el corazón le iba a salir disparado del pecho.
No era la primera vez que aquella pesadilla sustituía a los maravillosos sueños que la hacían dormir plácidamente, pero ella no acababa de acostumbrarse a aquel tormento nocturno. Aquella pesadilla era muy real, principalmente porque ella la había vivido en una ocasión. Con apenas 9 años de edad, había perdido algo muy valioso a manos de una persona en la que sus padres le obligaban a confiar plenamente. Pero si eso ya había pasado... ¿por qué seguía atormentándola noche tras noche? Tal vez porque tenía que seguir viendo a aquel hombre desagradable todos los domingos y a la misma hora.
Se apartó un negro mechón de pelo de su pálido rostro, después, se recostó de nuevo en la cama y volvió a sumergirse en el mundo de los sueños entre reconfortantes palabras de consuelo.
El despertador sonó puntual, Elizabeth depositó con suavidad su mano en el para hacerlo callar. Retiró las sábanas y se levantó de la cama, con los ojos entrecerrados a causa del sueño. Fue al baño a lavarse la cara, y quedó paralizada viendo su rostro reflejado en el espejo. Unas profundas ojeras se acomodaban justo debajo de sus ojos, haciendo que ella pareciera estar enferma. Hacía tiempo que no dormía en condiciones, y su cuerpo empezaba a mostrarlo. Palpó su cara con las manos y observó sus claros ojos azules detenidamente…hacía mucho tiempo que no veía en ellos ninguna chispa de alegría ni emoción. Como un autómata, continuó haciendo su tarea de todas las mañanas.
Bajó a la cocina a desayunar antes de coger el bus que la llevaba al instituto todas las mañanas. Allí, como siempre, encontraba a sus padres.
-Hola Eli… ¿Qué tal dormiste?-preguntó con una voz cantarina su madre.
-Pss…como siempre.-respondió mientras se sentaba en la mesa.
-¿Otra vez tuviste esa pesadilla?-contestó su padre mientras dejaba el periódico a un lado.
Elizabeth guardó silencio unos instantes, hasta que al fin se atrevió a contestar:
-Sí…
-Ohh...pero cariño… ¿de qué pesadilla se trata? Llevas años con la misma y nunca nos lo cuentas.-dijo su madre con dulzura.
-No es nada…-respondió la joven mientras le daba un sorbo a su café.
-Debe de ser mucho porque llevas sin dormir bien desde hace ya mucho tiempo.-dijo su padre con seriedad.
-Cierto...fíjate que ojeras, pareces que estás enferma.-comentó la madre mientras tomaba la barbilla de su hija haciendo que ella la mirara fijamente.-Podrías dejarme que te echara por lo menos un poco de maquillaje para que no tuvieras una cara tan demacrada, pareces una muerta, así, tan pálida…
-Mamá…basta. No voy a echarme nada en la cara.-contestó rotundamente
Elizabeth, molesta.
La madre retiró rápidamente la mano de la barbilla de su hija, herida.
-Bueno, lo que tú quieras cariño…
La joven se levantó de la mesa, aún con el desayuno sn terminar. Cogió su mochila y salió de la casa para coger el bus.
Al llegar, ella entró sin decirle los buenos días al conductor. Después de pagar, se acomodó en uno de los asientos de la parte trasera, sola. Encendió su mp3 y se limitó a escuchar música mientras llegaba a su destino.
En el instituto no hablaba prácticamente con nadie, bueno, era raro en ella mantener una conversación. Elizabeth prefería encerrarse en su mente y echar el cerrojo para que nadie pudiera entrar, ni si quiera sus padres. Además, por su forma de ser, era rechazada por el resto de sus compañeros. Se sentía insignificante en el mundo, a veces pensaba que ella estaba de adorno, que Dios solo la trajo para sufrir.
Dios…he ahí un nombre importante para ella. Sus padres desde bien pequeña le habían enseñado a creer en él, eran una familia muy creyente que hacían todo lo que la iglesia les decía. Ella nunca sintió esa pasión hacia aquel ser invisible que reinaba sobre sus cabezas, pero sus padres siempre estaban ahí, inculcándole la fe cristiana. Una simple equivocación como la de olvidarse de rezar una noche, y ya tenía una bronca asegurada.
Nunca entendió por qué ese afán hacia alguien imaginario, por supuesto, lo que pensaba de ello no de le ocurría decirlo en voz alta.
Las agujas del reloj se movían lentamente, la joven pasaba inadvertida del resto de estudiantes del instituto…como si de un espíritu se tratase. Solo quería volver a casa, y refugiarse de nuevo en sus pensamientos.
Sonó el timbre, que daba lugar a una estampida de adolescentes gritando y corriendo por los pasillos hacia la salida. En un momento de alboroto, un chico llamado Stand le empujó contra una de las taquillas, haciéndole a Elizabeth una herida en la frente, de la que emanaba un hilo de sangre.
Stand era el capitán del equipo de fútbol, se trataba del típico guaperas deportivo que tenía de todo. No solo le bastaba con tener miles de perros falderos a su alrededor, si no que además su juego favorito era patear al resto de estudiantes marginados.
La joven sacó un clínex de su bolsillo, y se lo puso en la frente dolorida. Esperando a que el dolor se le pasara.
A la salida, su madre la esperaba en el interior del coche. Elizabeth entró y de sus labios salió un “hola” sin ninguna pizca de emoción.
-Hola Eli, ¿Qué tal te fue hoy en el instituto?-preguntó su madre alegremente.
-Normal…nada en especial.
Su madre se quedó observándola, y de pronto sus ojos se abrieron de par en par al ver la herida que se encontraba en la frente de su hija.
-¡Elizabeth! ¿Cómo te has hecho eso? ¡Te sale sangre!
Su madre se lamió el pulgar y después con él limpió la sangre de la herida delicadamente.
-¿Te ha pegado alguien Elizabeth?-preguntó con seriedad.
La joven se quedó pensando la respuesta, estaba claro que aquel empujón de Stand había sido intencionado, por lo tanto debía confesarlo. Pero por otra parte, no tenía ganas de líos.
-No, mamá. Tropecé con un balón y me caí al suelo.-mintió.
Al llegar a casa, comió con su familia sin decir ni una palabra y, seguidamente, se dirigió a su habitación para encerrarse del resto del mundo. Estaba leyendo un libro, cuando de repente entró Miu. Se trataba de un perro mestizo que encontró Elizabeth hace cinco años atado a un poste. Nunca olvidaría aquella imagen. Un ser vivo tan pequeño, encadenado y desnutrido por completo y con una mirada triste mientras emitía imperceptibles sollozos. No comprendía como había gente tan desalmada como para hacer eso. A veces pensaba que los verdaderos animales eran los humanos.
Miu se trata de un nombre egipcio, Elizabeth al ver lo cariñoso que fue ese cachorrito con ella se lo puso, pues significaba “dulzura”.
-Miu…ven aquí bonito.-murmuró la joven mientras dejaba espacio en su cama.
De un pequeño salto, Miu subió y se acurrucó junto a su amiga, que empezó a acariciarle delicadamente la cabeza. Sin darse cuanta, ambos quedaron dormidos. Pero desgraciadamente, Elizabeth volvió a soñar con aquel desagradable episodio de su vida.
Pasó la semana, y llegó el domingo. Como siempre, su madre la despertó temprano para ir a misa…que justamente la daba el padre Gil. “Maldito cura…como me gustaría deshacerme de él” pensó.
-Elizabeth, corre o llegaremos tarde…ponte esto.-dijo su madre mientras sacaba del armario un colorido vestido.
-No pienso ponerme eso.-replicó la joven.
-Pero tienes que ir presentable mujer, ¿cómo quieres ir entonces eh?
Elizabeth se levantó de la cama, fue a su armario y sacó una camiseta y unos pantalones, ambas prendas de color oscuro.
-De negro…-murmuró con seriedad.
-Puff, mira haz lo que quieras, pero date prisa. En cinco minutos te quiero en el coche ¿de acuerdo?-contestó su madre molesta ante la decisión de la niña.
Se fue sin esperar respuesta por parte de su hija, y Elizabeth se limitó a vestirse.
Tal y como le ordenaron, en cinco minutos ella subió al coche familiar sin articular ni media palabra.
El padre ajustó el retrovisor del coche para poder ver mejor a su hija.
-Hija… ¿no tenías más ropa para conjuntar? Pareces que vas a un funeral…
-¡Lo que parece es un gótico de esos satánicos!-exclamó la madre furiosa.
-Mamá…los góticos no son satánicos, eso es otra cosa. Si no sabes de algo mejor no opines.-respondió la joven, irritada.
-Entonces explícame que son esos…
-Es un estilo de vida como otro cualquiera, y da la casualidad de que de todos los estilos que hay son los que menos problemas dan.
-¡Bah! Ya podrían ser todos como tu amigo Alberto, él si que es un buen chico…
-Mamá, Alberto no es mi amigo-Respondió Elizabeth con cara de asco.
Alberto se trataba de una persona que conocía desde la infancia. Era el hijo mimado de unos amigos de sus padres. Y todo lo bueno que parecía lo tenía de malvado y de mala persona. Su apariencia de niño pijo parecía inofensiva, pero él era uno de los abusones del instituto. Además de eso, era un creído y llevaba años colado por Elizabeth, cosa que a ella no le hacía ninguna gracia. En cambio sus padres les faltaron poco para realizar un matrimonio concertado. Para colmo, tenía que sentarse a su lado en misa, entre él y el padre Gil entrar en la iglesia ya le parecía un suplicio.
Su padre aparcó el coche justo al lado de la iglesia, al bajar, se acercaron un matrimonio amigo de sus padres y con ellos Alberto.
-Hola Elizabeth…-dijo con una vocecita asquerosa.
Se había engominado el pelo y se lo había puesto para atrás. Su camisa de cuadros no faltaba nunca, además de los vaqueros y los zapatos de marca. Llevaba una cruz de oro colgando del cuello, y un cinturón con las banderitas de España…a Elizabeth le estaban entrando ganas de pegarle un puñetazo allí mismo.
-¿Qué hay Alberto?-contestó ella intentando ser educada.
-Te tengo que decir algo. Verás, como tú bien sabes, mi padre es un buenísimo empresario con un montón de amigos importantes.-dijo dándose aires de grandeza- Y le han regalado unas entradas para ver una corrida de toros… ¿quieres venir conmigo? Los asientos son casi en primera fila.
A Elizabeth empezó a hervirle la sangre, era antitaurina…odiaba a muerte las corridas de toros.
-Lo siento, pero soy antitaurina…-contestó reprimiendo su rabia.
-¿Antitaurina? ¡JAJAJAJA!-se echó a reír- Por Dios, esa gente valora más la vida de un animal que la de una persona…
-Será porque en muchas ocasiones la vida de un animal es mejor que la de un ser humano, sobre todo si esa persona se dedica a torturar a inocentes toros y encima lo aclaman como si hubiera descubierto una vacuna contra el cáncer.
-Te vas a fastidiar, pues el toreo es un arte y una tradición aquí en España y no la van a quitar por un par de locos.
-¿Y por ser una tradición ya es respetable? ¿Entonces que hubiera pasado si hubiéramos seguido las luchas de gladiadores que hacían los romanos? ¡Venga, si es una tradición de siglos! ¡No pasa nada! ¡Sigamos haciendo el bestia!-contestó la joven, enfadada.
-Mira que me dejes, no sabes nada. Todos los antitaurinos estáis mal de la cabeza.
-¿Y ahora qué eh? Ya no te interesa hablar porque mis opiniones tienen más sentido que las tuyas…
Alberto no contestó, se dio la vuelta y entró en misa. Elizabeth y sus padres entraron también y se sentaron en los primeros asientos, justo delante del altar. Después de un rato, los sacerdotes hicieron su aparición, y entre ellos allí estaba él…
El padre Gil se colocó detrás del altar, y mientras los chicos del coro terminaban su canción religiosa él no le quitaba el ojo de encima a Elizabeth…era una mirada tan terrorífica que no podía evitar que un escalofrío recorriera su espalda.
Terminada la canción, el sacerdote se dispuso a dar misa.
Elizabeth escuchaba con atención, pues al terminar sus padres siempre hablaban del perfecto discurso que había dado el cura y si ella no había prestado atención le regañarían por ello. Aunque era difícil atender con ese hombre mirándote cada dos por tres con cara de pervertido sexual.
-Que el señor esté con vosotros…podéis ir en paz.
Seguidamente, una avalancha de personas se acumuló en la puerta de salida, con paso lento.
Al salir, sus padres se quedaron hablando con unos conocidos, y Elizabeth, harta de la conversación dijo:
-Mamá, me voy a dar una vuelta a que me de el aire…no me encuentro bien.
Metió las manos en los bolsillos de su chaqueta de cuero y echó a andar sin saber adónde. Estaba metida en sus pensamientos, cuando de pronto un chico se acercó a ella con un panfleto en la mano.
-Disculpa, ¿te interesa? –dijo con amabilidad.
Elizabeth alzó la cabeza y se topó con unos ojos grises, misteriosos.
-Perdón… ¿si me interesa el qué?-contestó extrañada.
-Verás…somos una especie de club ateo y estamos reclutando a gente, ya sabes lo típico.
-¡TÍO! ¡Te he dicho que esa va todos los domingos a misa, te va a mandar al carajo!-gritó alguien de fondo.
-¿Qué hacéis en ese club? –preguntó la joven cogiendo el panfleto.
-Bueno…supongo que poner verde a la Iglesia. Aceptamos a todo el mundo tal y como es. Mañana tenemos una reunión a las 6, si quieres venir…quedamos aquí.
Se notaba, todos tenían un aspecto extraño. El chico la miraba, paciente, esperando una respuesta de ella. Elizabeth le devolvió el panfleto con una sonrisa y dijo:
-Me lo pensare…
-Vale, te esperaré de todas formas.
Elizabeth se dio la vuelta en dirección a la iglesia de nuevo. No sabía por qué había aceptado la invitación de aquel chico. Tal vez fuera porque le atraía, o simplemente porque tenía odio en lo mas profundo de su ser.

lunes, 22 de agosto de 2011

¿verdad?

. 27 de Feb, a las 19:56

-¿Dime qué te pasa?
-¿Quién dice que me pase algo?
-Lo dice tu pelo, tus ojos, con esas manchas rojas que solo salen al llorar hasta que se acaban las lagrimas. Tu voz, que revela que has estado gritando tanto que has perdido toda entonación posible, tus labios, que se mueven ocultando las dos palabras más peligrosas que se le pueden decir a nadie. Tal vez pudiera no darme cuenta de eso si levaras gafas de sol, pero así con los ojos al descubierto veo muchas cosas, y al fondo de todo, veo un nombre.
-¿Qué clase de nombre?
-Uno que a mí no me dice nada, pero que es el principio y final de todo lo que haces. Es el nombre que tus labios pronuncian cuando duermes y el nombre que esperas que aparezca en la pantalla de tu móvil cada vez que suena. Es el nombre que esperas escuchar cada segundo de tu vida y el nombre del dueño de ésos labios que te vuelven loca cada vez que dicen el tuyo.