Elizabeth se apresuró a la habitación donde se encontraba el padre Gil, y tras dar unos suaves e imperceptibles golpes en la puerta, el sacerdote abrió al instante.
-Pasa hija, que bien que viniste…
Elizabeth estaba allí por orden de sus padres. Saliendo de sus clases de catequesis, el padre Gil le pidió que le ayudara a hacer unas “cosillas” y ella accedió sin rechistar…debía de ser una niña buena porque si no Dios no estaría contento.
-¿Con qué quiere que le ayude padre? Debo de darme prisa, mis padres me están esperando y…
-Shssss….-contestó el cura mientras posaba un dedo sobre sus labios.-Tranquila niña…es solo una tontería.
Se acercó a la chiquilla mientras se frotaba las manos, nervioso y excitado. Elizabeth no pudo evitarlo, un escalofrío recorrió su espalda. El padre Gil comenzó a acariciar el cabello largo y oscuro de la niña, mientras esbozaba una sonrisa perversa.
-¿Sabes que eres muy guapa? Seguro que cuando seas mayor tendrás muchos pretendientes…lástima que yo no pueda ser uno de ellos.
Hizo una pausa al comprobar que Elizabeth estaba temblando y un sudor frío le recorría su fina y pálida piel. Después, continuó hablándole.
-Bueno…o tal vez sí…
El padre Gil la agarró con fuerza dejándole marcas enrojecidas en ambos brazos. La niña chilló asustada y comenzó a patalear intentando zafarse de aquel ser terrorífico.
-¡ESTATE QUIETA! ¡ESTA ES LA VOLUNTAD DE DIOS! ¡SI NO ME PONES LAS COSAS FÁCILES ÉL TE CASTIGARÁ! Sé una niña buena si no irás derecha al infierno-gritó el padre Gil encolerizado mientras zarandeaba a la aterrorizada niña.
A continuación, un gran manto oscuro preñado de gemidos y sollozos inundó la habitación…
Con un grito ahogado, Elizabeth despertó asustada. Estaba sudorosa y sentía que el corazón le iba a salir disparado del pecho.
No era la primera vez que aquella pesadilla sustituía a los maravillosos sueños que la hacían dormir plácidamente, pero ella no acababa de acostumbrarse a aquel tormento nocturno. Aquella pesadilla era muy real, principalmente porque ella la había vivido en una ocasión. Con apenas 9 años de edad, había perdido algo muy valioso a manos de una persona en la que sus padres le obligaban a confiar plenamente. Pero si eso ya había pasado... ¿por qué seguía atormentándola noche tras noche? Tal vez porque tenía que seguir viendo a aquel hombre desagradable todos los domingos y a la misma hora.
Se apartó un negro mechón de pelo de su pálido rostro, después, se recostó de nuevo en la cama y volvió a sumergirse en el mundo de los sueños entre reconfortantes palabras de consuelo.
El despertador sonó puntual, Elizabeth depositó con suavidad su mano en el para hacerlo callar. Retiró las sábanas y se levantó de la cama, con los ojos entrecerrados a causa del sueño. Fue al baño a lavarse la cara, y quedó paralizada viendo su rostro reflejado en el espejo. Unas profundas ojeras se acomodaban justo debajo de sus ojos, haciendo que ella pareciera estar enferma. Hacía tiempo que no dormía en condiciones, y su cuerpo empezaba a mostrarlo. Palpó su cara con las manos y observó sus claros ojos azules detenidamente…hacía mucho tiempo que no veía en ellos ninguna chispa de alegría ni emoción. Como un autómata, continuó haciendo su tarea de todas las mañanas.
Bajó a la cocina a desayunar antes de coger el bus que la llevaba al instituto todas las mañanas. Allí, como siempre, encontraba a sus padres.
-Hola Eli… ¿Qué tal dormiste?-preguntó con una voz cantarina su madre.
-Pss…como siempre.-respondió mientras se sentaba en la mesa.
-¿Otra vez tuviste esa pesadilla?-contestó su padre mientras dejaba el periódico a un lado.
Elizabeth guardó silencio unos instantes, hasta que al fin se atrevió a contestar:
-Sí…
-Ohh...pero cariño… ¿de qué pesadilla se trata? Llevas años con la misma y nunca nos lo cuentas.-dijo su madre con dulzura.
-No es nada…-respondió la joven mientras le daba un sorbo a su café.
-Debe de ser mucho porque llevas sin dormir bien desde hace ya mucho tiempo.-dijo su padre con seriedad.
-Cierto...fíjate que ojeras, pareces que estás enferma.-comentó la madre mientras tomaba la barbilla de su hija haciendo que ella la mirara fijamente.-Podrías dejarme que te echara por lo menos un poco de maquillaje para que no tuvieras una cara tan demacrada, pareces una muerta, así, tan pálida…
-Mamá…basta. No voy a echarme nada en la cara.-contestó rotundamente
Elizabeth, molesta.
La madre retiró rápidamente la mano de la barbilla de su hija, herida.
-Bueno, lo que tú quieras cariño…
La joven se levantó de la mesa, aún con el desayuno sn terminar. Cogió su mochila y salió de la casa para coger el bus.
Al llegar, ella entró sin decirle los buenos días al conductor. Después de pagar, se acomodó en uno de los asientos de la parte trasera, sola. Encendió su mp3 y se limitó a escuchar música mientras llegaba a su destino.
En el instituto no hablaba prácticamente con nadie, bueno, era raro en ella mantener una conversación. Elizabeth prefería encerrarse en su mente y echar el cerrojo para que nadie pudiera entrar, ni si quiera sus padres. Además, por su forma de ser, era rechazada por el resto de sus compañeros. Se sentía insignificante en el mundo, a veces pensaba que ella estaba de adorno, que Dios solo la trajo para sufrir.
Dios…he ahí un nombre importante para ella. Sus padres desde bien pequeña le habían enseñado a creer en él, eran una familia muy creyente que hacían todo lo que la iglesia les decía. Ella nunca sintió esa pasión hacia aquel ser invisible que reinaba sobre sus cabezas, pero sus padres siempre estaban ahí, inculcándole la fe cristiana. Una simple equivocación como la de olvidarse de rezar una noche, y ya tenía una bronca asegurada.
Nunca entendió por qué ese afán hacia alguien imaginario, por supuesto, lo que pensaba de ello no de le ocurría decirlo en voz alta.
Las agujas del reloj se movían lentamente, la joven pasaba inadvertida del resto de estudiantes del instituto…como si de un espíritu se tratase. Solo quería volver a casa, y refugiarse de nuevo en sus pensamientos.
Sonó el timbre, que daba lugar a una estampida de adolescentes gritando y corriendo por los pasillos hacia la salida. En un momento de alboroto, un chico llamado Stand le empujó contra una de las taquillas, haciéndole a Elizabeth una herida en la frente, de la que emanaba un hilo de sangre.
Stand era el capitán del equipo de fútbol, se trataba del típico guaperas deportivo que tenía de todo. No solo le bastaba con tener miles de perros falderos a su alrededor, si no que además su juego favorito era patear al resto de estudiantes marginados.
La joven sacó un clínex de su bolsillo, y se lo puso en la frente dolorida. Esperando a que el dolor se le pasara.
A la salida, su madre la esperaba en el interior del coche. Elizabeth entró y de sus labios salió un “hola” sin ninguna pizca de emoción.
-Hola Eli, ¿Qué tal te fue hoy en el instituto?-preguntó su madre alegremente.
-Normal…nada en especial.
Su madre se quedó observándola, y de pronto sus ojos se abrieron de par en par al ver la herida que se encontraba en la frente de su hija.
-¡Elizabeth! ¿Cómo te has hecho eso? ¡Te sale sangre!
Su madre se lamió el pulgar y después con él limpió la sangre de la herida delicadamente.
-¿Te ha pegado alguien Elizabeth?-preguntó con seriedad.
La joven se quedó pensando la respuesta, estaba claro que aquel empujón de Stand había sido intencionado, por lo tanto debía confesarlo. Pero por otra parte, no tenía ganas de líos.
-No, mamá. Tropecé con un balón y me caí al suelo.-mintió.
Al llegar a casa, comió con su familia sin decir ni una palabra y, seguidamente, se dirigió a su habitación para encerrarse del resto del mundo. Estaba leyendo un libro, cuando de repente entró Miu. Se trataba de un perro mestizo que encontró Elizabeth hace cinco años atado a un poste. Nunca olvidaría aquella imagen. Un ser vivo tan pequeño, encadenado y desnutrido por completo y con una mirada triste mientras emitía imperceptibles sollozos. No comprendía como había gente tan desalmada como para hacer eso. A veces pensaba que los verdaderos animales eran los humanos.
Miu se trata de un nombre egipcio, Elizabeth al ver lo cariñoso que fue ese cachorrito con ella se lo puso, pues significaba “dulzura”.
-Miu…ven aquí bonito.-murmuró la joven mientras dejaba espacio en su cama.
De un pequeño salto, Miu subió y se acurrucó junto a su amiga, que empezó a acariciarle delicadamente la cabeza. Sin darse cuanta, ambos quedaron dormidos. Pero desgraciadamente, Elizabeth volvió a soñar con aquel desagradable episodio de su vida.
Pasó la semana, y llegó el domingo. Como siempre, su madre la despertó temprano para ir a misa…que justamente la daba el padre Gil. “Maldito cura…como me gustaría deshacerme de él” pensó.
-Elizabeth, corre o llegaremos tarde…ponte esto.-dijo su madre mientras sacaba del armario un colorido vestido.
-No pienso ponerme eso.-replicó la joven.
-Pero tienes que ir presentable mujer, ¿cómo quieres ir entonces eh?
Elizabeth se levantó de la cama, fue a su armario y sacó una camiseta y unos pantalones, ambas prendas de color oscuro.
-De negro…-murmuró con seriedad.
-Puff, mira haz lo que quieras, pero date prisa. En cinco minutos te quiero en el coche ¿de acuerdo?-contestó su madre molesta ante la decisión de la niña.
Se fue sin esperar respuesta por parte de su hija, y Elizabeth se limitó a vestirse.
Tal y como le ordenaron, en cinco minutos ella subió al coche familiar sin articular ni media palabra.
El padre ajustó el retrovisor del coche para poder ver mejor a su hija.
-Hija… ¿no tenías más ropa para conjuntar? Pareces que vas a un funeral…
-¡Lo que parece es un gótico de esos satánicos!-exclamó la madre furiosa.
-Mamá…los góticos no son satánicos, eso es otra cosa. Si no sabes de algo mejor no opines.-respondió la joven, irritada.
-Entonces explícame que son esos…
-Es un estilo de vida como otro cualquiera, y da la casualidad de que de todos los estilos que hay son los que menos problemas dan.
-¡Bah! Ya podrían ser todos como tu amigo Alberto, él si que es un buen chico…
-Mamá, Alberto no es mi amigo-Respondió Elizabeth con cara de asco.
Alberto se trataba de una persona que conocía desde la infancia. Era el hijo mimado de unos amigos de sus padres. Y todo lo bueno que parecía lo tenía de malvado y de mala persona. Su apariencia de niño pijo parecía inofensiva, pero él era uno de los abusones del instituto. Además de eso, era un creído y llevaba años colado por Elizabeth, cosa que a ella no le hacía ninguna gracia. En cambio sus padres les faltaron poco para realizar un matrimonio concertado. Para colmo, tenía que sentarse a su lado en misa, entre él y el padre Gil entrar en la iglesia ya le parecía un suplicio.
Su padre aparcó el coche justo al lado de la iglesia, al bajar, se acercaron un matrimonio amigo de sus padres y con ellos Alberto.
-Hola Elizabeth…-dijo con una vocecita asquerosa.
Se había engominado el pelo y se lo había puesto para atrás. Su camisa de cuadros no faltaba nunca, además de los vaqueros y los zapatos de marca. Llevaba una cruz de oro colgando del cuello, y un cinturón con las banderitas de España…a Elizabeth le estaban entrando ganas de pegarle un puñetazo allí mismo.
-¿Qué hay Alberto?-contestó ella intentando ser educada.
-Te tengo que decir algo. Verás, como tú bien sabes, mi padre es un buenísimo empresario con un montón de amigos importantes.-dijo dándose aires de grandeza- Y le han regalado unas entradas para ver una corrida de toros… ¿quieres venir conmigo? Los asientos son casi en primera fila.
A Elizabeth empezó a hervirle la sangre, era antitaurina…odiaba a muerte las corridas de toros.
-Lo siento, pero soy antitaurina…-contestó reprimiendo su rabia.
-¿Antitaurina? ¡JAJAJAJA!-se echó a reír- Por Dios, esa gente valora más la vida de un animal que la de una persona…
-Será porque en muchas ocasiones la vida de un animal es mejor que la de un ser humano, sobre todo si esa persona se dedica a torturar a inocentes toros y encima lo aclaman como si hubiera descubierto una vacuna contra el cáncer.
-Te vas a fastidiar, pues el toreo es un arte y una tradición aquí en España y no la van a quitar por un par de locos.
-¿Y por ser una tradición ya es respetable? ¿Entonces que hubiera pasado si hubiéramos seguido las luchas de gladiadores que hacían los romanos? ¡Venga, si es una tradición de siglos! ¡No pasa nada! ¡Sigamos haciendo el bestia!-contestó la joven, enfadada.
-Mira que me dejes, no sabes nada. Todos los antitaurinos estáis mal de la cabeza.
-¿Y ahora qué eh? Ya no te interesa hablar porque mis opiniones tienen más sentido que las tuyas…
Alberto no contestó, se dio la vuelta y entró en misa. Elizabeth y sus padres entraron también y se sentaron en los primeros asientos, justo delante del altar. Después de un rato, los sacerdotes hicieron su aparición, y entre ellos allí estaba él…
El padre Gil se colocó detrás del altar, y mientras los chicos del coro terminaban su canción religiosa él no le quitaba el ojo de encima a Elizabeth…era una mirada tan terrorífica que no podía evitar que un escalofrío recorriera su espalda.
Terminada la canción, el sacerdote se dispuso a dar misa.
Elizabeth escuchaba con atención, pues al terminar sus padres siempre hablaban del perfecto discurso que había dado el cura y si ella no había prestado atención le regañarían por ello. Aunque era difícil atender con ese hombre mirándote cada dos por tres con cara de pervertido sexual.
-Que el señor esté con vosotros…podéis ir en paz.
Seguidamente, una avalancha de personas se acumuló en la puerta de salida, con paso lento.
Al salir, sus padres se quedaron hablando con unos conocidos, y Elizabeth, harta de la conversación dijo:
-Mamá, me voy a dar una vuelta a que me de el aire…no me encuentro bien.
Metió las manos en los bolsillos de su chaqueta de cuero y echó a andar sin saber adónde. Estaba metida en sus pensamientos, cuando de pronto un chico se acercó a ella con un panfleto en la mano.
-Disculpa, ¿te interesa? –dijo con amabilidad.
Elizabeth alzó la cabeza y se topó con unos ojos grises, misteriosos.
-Perdón… ¿si me interesa el qué?-contestó extrañada.
-Verás…somos una especie de club ateo y estamos reclutando a gente, ya sabes lo típico.
-¡TÍO! ¡Te he dicho que esa va todos los domingos a misa, te va a mandar al carajo!-gritó alguien de fondo.
-¿Qué hacéis en ese club? –preguntó la joven cogiendo el panfleto.
-Bueno…supongo que poner verde a la Iglesia. Aceptamos a todo el mundo tal y como es. Mañana tenemos una reunión a las 6, si quieres venir…quedamos aquí.
Se notaba, todos tenían un aspecto extraño. El chico la miraba, paciente, esperando una respuesta de ella. Elizabeth le devolvió el panfleto con una sonrisa y dijo:
-Me lo pensare…
-Vale, te esperaré de todas formas.
Elizabeth se dio la vuelta en dirección a la iglesia de nuevo. No sabía por qué había aceptado la invitación de aquel chico. Tal vez fuera porque le atraía, o simplemente porque tenía odio en lo mas profundo de su ser.
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